Solo y frío
En copa pequeña, a 8 °C. Sin hielo y sin prisa: así lo servía Don Sotero.
Casa fundada en 1938
Licor de café
La Gracia
Licor de café
La leyenda
En 1938, entre la niebla que baja al amanecer por las faldas del Pico de Orizaba, Don Sotero Almeida dejó de vender su mejor cosecha. Aquel año, en lugar de llevarla al mercado, la encerró en una botella.
Café de sombra, piloncillo de trapiche y una paciencia de meses. El resultado no tenía nombre: los vecinos lo llamaban «la gracia de Sotero», porque solo aparecía en bodas, bautizos y noches que merecían recordarse.
«No se vendía: se regalaba a quien sabía esperar.»
Tres generaciones guardaron el cuaderno de tapas de cuero donde está escrita la receta. Hoy se sigue haciendo igual: despacio, a mano y en pequeños lotes numerados que nunca alcanzan para todos.
El origen
0m
de altitud sobre el mar
0h
de maceración en frío
0%
café arábica de sombra
El grano se tuesta en tambor de hierro hasta el punto exacto en que el azúcar carameliza sin amargar.
Un destilado limpio de caña abraza la infusión de café; el segundo paso por el alambique lo vuelve seda.
Seis meses en barricas de roble blanco que antes guardaron brandy. De ahí el ámbar oscuro y el final cálido.
Notas de cata
El primer sorbo: cacao de mesa recién molido, redondo y sin astringencia.
El corazón dulce. Vaina veracruzana macerada entera — nunca esencia.
Cáscara caramelizada al fuego que levanta el aroma y limpia el paladar.
El final largo: caña oscura de trapiche, cálida como el fondo de un café de olla.
El ritual
En copa pequeña, a 8 °C. Sin hielo y sin prisa: así lo servía Don Sotero.
Un solo hielo grande. El frío abre la naranja y alarga el final de piloncillo.
45 ml sobre un espresso corto recién hecho. El cierre obligado de una buena mesa.

Lotes numerados, hechos despacio.
Como en 1938.